Un finalista y dos ganadores

finalista_ganadores.jpgCuando nos referimos al Racing y al Getafe con el adjetivo de modestos queremos reflejar su ajustado presupuesto, el escaso currículum que atesoran y la ausencia de figuras mundiales en sus plantillas. Pero tantos condicionantes en la élite no suponen que después, sobre el césped, se desplieguen como tal. Es más, el que presume de tener mucho puede ser pírrico, mientras que el que lucha por subsistir nos embriaga. Así de mágico es el fútbol. Un claro ejemplo lo vivimos ayer. Y por eso estamos agradecidos a dos equipos que ofrecieron una exhibición de entrega y ambici nada exenta de calidad. Porque anoche se jugaba la Copa, pero en los prolegómenos bien pudo sonar el himno de la Champions. ¡Qué partido!

Salió victorioso el Getafe, sí. Porque este partido se comenzó a jugar hace tres semanas. En la ida. Allí, en el Coliseum los azulones lograron un cómodo resultado (3-1) que supieron defender en El Sardinero, no sin apuros. El triunfo sitúa a los madrileños en la final de Copa por segunda vez consecutiva tras dejar en la cuneta al Burgos, Levante, Mallorca y por último al Racing. Una impoluta trayectoria que habla muy bien de la excelente política deportiva que se fragua en sus despachos con Torres al timón. Un éxito que no es casualidad, sino una moda de este nuevo siglo. Y si no, repasen. Primero surgió el brillante proyecto de Quique, al que luego dio continuidad Schuster. Y, cuando parecía que ya se había tocado techo, aterrizó Laudrup para desmentir esos rumores. Sigue en Liga, Copa y UEFA. Crack.

Para el derrotado, el Racing, sólo existen idénticos piropos, porque más importante que el resultado es la resaca que éste deja. Y para entenderla basta con observar cómo vive Cantabria con su equipo y cómo aplaudió ayer una derrota. Por eso, hay una cosa segura: la euforia del racinguismo no se apagará con esta histórica eliminación. Al contrario. Será el germen de una nueva era que ya tiene un presente emocionante (la UEFA está a tiro) y que gozará de un futuro prometedor. Así nacieron, desde la modestia, fenómenos como el Superdepor. Que unas veces ganaba y en otras moría de pie.

El Racing cayó dignamente porque hizo lo que debía hasta la inútil expulsión de Serrano. El equipo fue avasallador de salida como se temía, con el objetivo de embestir a su rival. Y lo logró durante los diez primeros minutos. En ese intervalo de tiempo, Garay dio el primer aviso, pero Munitis no fue tan condescendiente: la primera vez que apareció, marcó.

El éxito final de esa jugada se originó en un córner. Entre Pinillos y Jorge López obraron una preciosa pared que desembocó en un perfecto envío, fuerte y raso, con destino a la bandera del racinguismo. Sí, ése al que tras su lesión muchos cuestionaron, pero cuyo único vicio es sudar la camiseta. Unas veces con más acierto que otras, pero siempre con idéntica intensidad. Era su primer tanto en Copa, sí, pero fue en el día clave.

Sin embargo, todo cambió de repente a los 14 minutos. Porque la grandeza del fútbol radica ahí, en que en un sólo segundo el decorado se transforma. En esa acción, Licht conectó en profundidad con Uche, que caracoleó con inteligencia y a punto estuvo de empatar. Desde ese momento el Getafe se sacudió el dominio y ofreció a su oponente la misma medicina que hasta el momento él consumía. Presión sin cuartel.

Ya en igualdad de condiciones, Racing y Getafe se golpearon sin concesiones. Tú me das, yo te doy. Así, Coltorti y Ustari, suplentes casi siempre, se erigieron en héroes. Tchité, Jorge López, Braulio y Uche fueron sus víctimas. La más clara de todas las ocasiones de la primera mitad estuvo en las botas de Tchité, que desbarató en boca de gol una jugada de tiralíneas. Ahí comenzó a tirar el partido el Racing. En el fallo crónico.

Segundo asalto. Entonces Granero entendió que era hora de demostrar que su talento fue desperdiciado, por ahora, en Chamartín y que las figuras (él lo es) aparecen en fechas señaladas. Se echó al equipo a la espalda, durmió el choque, lo manejó a su antojo y oxigenó a sus compañeros. Regate por aquí, finta por allá. Grandes pinceladas mientras Schuster se mordía las uñas en casa.

Con este cambio de mentalidad salió el Getafe a afrontar el segundo asalto, aunque Colsa, buena gente en la calle pero también en el césped, perdonó lo imperdonable. Erró a bocajarro. Pensó. Y eso en el área pequeña conduce al fracaso.

En ese instante todo se afeó. Jorge López pisó a Licht con alevosía. Y después Casquero calentó el duelo con su salida. Primero porque su pasado racinguista ya era punto de desunión y luego porque empató. Lo hizo desobedeciendo a sus compañeros que, como todo el estadio, le pedían deportividad al estar Garay en el suelo. Pero él, competitivo como pocos, siguió a lo suyo. Marcó y todo se acabó. Un Getafe triunfador y el Racing como mártir. Un finalista y dos ganadores.

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